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Mal síntoma.
Entramos con la misma facilidad con la que salimos. Rumba y calor y zapatos de charol. Risa fácil porque nos fascinan las mismas rancheras, nos emborrachamos. Al menos eso fue lo último que se supo. Después del remedio amargo y de las miradas pausadas frente a los espejos, terminamos siendo expulsados. Y ella entonces decidió fugarse, escaparse para aprender a vivir del olvido, de los recuerdos. Fue la primera vez que experimentó con el deseo de grandeza. Estaba sentada por primera vez, Martini en mano, en la zona v.i.p. de un reconocido bar de la ciudad, lugar ubicado en una calle donde muchas ilusiones se han roto contra el piso y la pared. Y este bar, se dice reconocido por la farsa periódica y sus elevados precios. Mal síntoma. Una noche, cuando ella se dio cuenta que nada iba a pasar, se marchó con su orgullo metido dentro de la cartera y una borrachera criminal. Así continuó los siguientes 5 años, luego otros cinco mas hasta completar los diez. 

Ahora camina por la misma calle de todos los días, coquetea con varios hombres. Hay uno en especial con el que a ella le gustaría estar un rato, siempre lo seduce, le tira varias señales, pero el tipo no le presta mayor atención.  Entonces ella agarra una piedra, la tira contra una vitrina y mientras los vidrios van cayendo al suelo, ella apenas vocifera: —A ustedes los hombres de ahora les interesan más los maniquíes—.

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